Anoche a las 12:35 a.m. me despierta el timbre del teléfono y al ver el identificador de llamadas con el número de la casa de mis papás, me salta el corazón... porque nada bueno puede pasar a esta hora. En efecto, mi mamá no se siente nada bien y el tono de voz de mi papá se oye angustiado hasta que le digo: "Voy para allá".
Â
Uno de mis hijos se despierta al oÃr las voces y se viene conmigo a casa de los abuelos. Está sorprendido porque nunca ha salido de casa a esta hora y la ciudad está muy tranquila. Vamos con cuidado en el camino y comentando lo afortunados que somos por tenerla todavÃa con nosotros, y a mi papá y a mis suegros.
Â
Muchas amistades cercanas a nosotros ya no tienen la dicha de contar con sus padres y muchos de los compañeros de mis hijos no conocieron a sus abuelos o no llevan una relación tan cercana con ellos.
Â
Es increÃblemente hermoso tener recuerdos de cuando tus papás te cuidaron de pequeño, te bañaron, te vistieron, te alimentaron y luego te enseñaron a irlo haciendo por ti mismo y conforme vas creciendo saber que puedes contar con ellos. Cuando te casas y formas tu propia familia valoras enormemente todo lo que recibiste de tus padres, pero cuando sigues recibiendo el cariño y el apoyo de ellos para ti y tus hijos, es invaluable.
Â
Los años no pasan en vano, y los papás que antes eran seguros, sanos y fuertes se empiezan a sentir inseguros y pierden su gran energÃa, ya no pueden hacer lo mismo que antes, pero muchas veces no dejan de intentarlo. Quieren seguir cuidando de nosotros, ayudándonos y apoyándonos, pero su tiempo ya pasó. Ahora nos toca a nosotros hacerlo por ellos.
Â
Ahora nos toca entender sus limitaciones y aceptarlos asÃ. Comprender sus miedos y animarlos a seguir viviendo según su nueva condición. Escuchar sus historias con interés y entusiasmarnos con sus mismos relatos. Enseñarles lo nuevo en tecnologÃa y ayudarlos a adaptarse a este nuevo mundo tan rápido y cambiante. Entender que los años los han hecho más lentos y más frágiles y que nuestra fuerza debe ser utilizada para protegerlos y amarlos.
Â
Pero no solamente hacerlo nosotros, sino enseñarles a nuestros hijos a hacerlo por ellos también. Y saber que si lo hacemos con cariño y paciencia estaremos poniendo el ejemplo para que ellos lo hagan asà también.
Â
Afortunadamente he estado pocas veces internada en un hospital, pero las veces que lo he necesitado siempre he tenido a mi lado a mi mamá y a mi esposo, mis hijos no por su corta edad y para evitar riesgos innecesarios; pero en esta ocasión los papeles cambiaron: mis hijos pasaron la tarde cuidando a su abuela junto conmigo. Ya tienen edad y fuerza suficiente y ya pueden ayudar y acomedirse. Tienen que aprender.
Â
Y ahora nos tocó a nosotros. No hubo necesidad de llevarles juguetes para que se entretuvieran o de comprarles premios por portarse bien, estuvieron de pie al lado de su abuela dándole cariños y atenciones, acariciándola y dándole de comer. La hicieron sonreÃr y la hicieron sentir bien y ellos se sintieron bien. ¡Que más se puede pedir!
Â
Que no se nos olvide que por ahora que somos los adultos capaces de valernos por nosotros mismos es nuestro deber cuidar a los nuestros, hijos y padres por igual ...¡porque ya recibimos mucho y mucho debemos devolver!



















