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Las nuevas maravillas chinas PDF E-Mail

Imagen activaCon las Olimpíadas que se acercan, China rebasa los límites de la arquitectura para su fiesta de presentación en sociedad.

La hora de descanso para los trabajadores que construyen el World Trade Center, en Pekín, inicia a las 11:45 horas. Miles de obreros con cascos salen del sitio en donde muy pronto el rascacielos de 74 pisos será el más alto de la ciudad.

La mayoría almuerza en las aceras, otros se dirigen a un puesto de comida en donde un tazón de sopa de tripas cuesta 14 centavos. El señor Wang, de 51 años, originario de una aldea en la provincia de Henan, coordina al personal que instala los ductos de ventilación en los primeros 30 pisos de la torre de comercio. Muchos de quienes están a su cargo son adolescentes recién salidos de la granja. Wang y su personal son parte de un ejército de trabajadores no calificados que suma más de un millón y que ha contribuido a que Pekín se convierta en lo que es quizá la mayor zona de construcción en la historia, con miles de proyectos en camino.

A Pekín, que alguna vez fue un paisaje plano, dominado por la Ciudad Prohibida y edificios públicos monumentales pero monótonos, le ha dado la fiebre de los rascacielos. En los últimos 30 años, la economía china ha tenido en promedio un crecimiento de 10 % en su PIB, gracias a la combinación de tecnología de clase mundial y mano de obra de bajo costo. Esta dinámica ha hecho que China sea el área de juego de los arquitectos, primero en Shangai en los noventa cuando el paisaje se llenó de maravillas espectaculares, y ahora en Pekín, en donde se construye a un ritmo frenético para preparar los Juegos Olímpicos de 2008, en agosto.

Los nuevos edificios de Pekín rebasan las fronteras estéticas y tecnológicas, y cada uno supera al anterior. La mayoría de los proyectos ha sido diseñada por profesionales extranjeros: los clientes chinos ansían lo innovador y buscan más allá de su país para conseguirlo, según el arquitecto Brad Perkins, fundador de Perkins Eastman en Nueva York. Durante la Revolución Cultural de Mao, los arquitectos eran más técnicos que artistas (incluso el término arquitecto se consideraba burgués), y los despachos privados eran una rareza hasta hace una década. “Al contratar extranjeros como yo –dice Perkins–, los chinos están comprando entre 30 y 40 años de experiencia que no tuvieron”.

Además, la mano de obra de bajo costo en China permite que los arquitectos extranjeros diseñen estructuras que serían muy costosas si se construyeran en sus países. Por ejemplo, la gracia linear del World Trade Center proviene de un innovador sistema de abrazaderas cruzadas que le otorga resistencia ante los terremotos y los vientos fuertes y de rejillas de vidrio tipo louver, diseñadas para aprovechar la luz solar. Pero los arquitectos de la torre, Skidmore, Owings & Merrill, también utilizaron tecnología que se puede manejar por equipos de personal que trabajan a la mayor velocidad posible. Los muros de cristal prefabricados pueden ensamblarse en lugar de tener que cortarlos a la medida en el sitio, ya que esto implicaría trabajadores más especializados.

Al utilizar enormes equipos de constructores que trabajan las 24 horas del día, los arquitectos llegan a ver la terminación de proyectos en China en un tiempo notablemente corto, en tres o cuatro años. Durante siglos, los gobernantes chinos han reformado la capital para mostrar su poder y reflejar sus preocupaciones. La Ciudad Prohibida se construyó en el siglo XV para proyectar la conexión que los gobernantes de la dinastía Ming tenían con el cielo. Un sinnúmero de salones, estadios y bulevares de estilo soviético surgieron en las décadas de los cincuenta y los sesenta en línea con el ascenso del Partido Comunista para representar la fuerza colectiva de los trabajadores y el control absoluto del gobierno de Mao. Hoy, Pekín se reconstruye para ser la ciudad global de China. Cuando los edificios se inauguran, a los funcionarios les gusta hablar de cómo las estructuras encarnan el “poder suave” del país. Según este mensaje, los extranjeros no deben temer a China como una nación agresora o un poder militar.

Este mensaje se ve muy claramente en el frenesí constructor de 40 000 millones de dólares ocasionado por las Olimpíadas, la fiesta de presentación en sociedad de China. Los edificios manifiestan que este país es grande y poderoso, pero también inventivo, sofisticado y abierto. Basta ver tres de las nuevas estructuras: un estadio que parece un nido, un centro acuático semejante a un cubo de burbujas azul y la tercera es un centro para las artes con forma de huevo, grande como una manzana citadina. También está la “dona torcida,” el edificio que alberga la CCTV, la televisora estatal. Aún sin terminar, el edificio se conecta en su parte superior con secciones voladizas unidas a 162 metros de altura.

Los pekineses, de mente práctica, se preguntan si este edificio no se derrumbará. Una queja frecuente: muchas de estas estructuras están diseñadas para el gusto extranjero. “China no confía en sus propios diseños y la gente prefiere probar algo nuevo –observa Du Xiaodong, editor de Chinese Heritage–. Los resultados no tienen nada que ver con los edificios circundantes, y el edificio más nuevo del mundo se asienta entre algunos de los más antiguos, juntos pero como si fueran extraños”.

Una de las vergüenzas de Pekín es que el auge de la construcción ha destruido la mayoría de los hutong, barrios de casas tradicionales con patios, cuyos residentes deben reubicarse para ceder el paso a proyectos que enriquezcan a los funcionarios y a las inmobiliarias locales. Pei Zhu y Tong Wu, los arquitectos que diseñaron el centro de mando digital para las Olimpíadas, son de los pocos que tratan de preservar y adaptar lo que queda de la antigua ciudad. En vez de construir sobre los barrios históricos, toman una fábrica de la época de Mao y la redecoran con patios y muros de vidrio que ofrecen vistas de la ciudad antigua. Así se restablece a Pekín como una ciudad peatonal, se equilibra lo viejo con lo nuevo, una combinación adecuada para una capital antigua en transición.

En cuanto al señor Wang, quizá estará entre el millón de migrantes que habrá vuelto a su hogar o se habrá ido a otro empleo antes de que comiencen las Olimpíadas. Cuando las cámaras de televisión empiecen a funcionar, las visiones futuristas de la ciudad tendrán poco espacio para los trabajadores que las construyeron.

Otra maravilla arquitectónica en puerta para la Exposición Universal de Shangai en 2010 es el Via Urbanity de 200 metros de altura, tiene la forma de la letra china que significa ‘persona o gente’, y recuerda en parte a la estructura de la Torre Eiffel de París. Unido a su indudable calidad arquitectónico, al Via Urbanity se convertiría en uno de los lugares más importantes de la ciudad, siendo el centro financiero de toda Asia. Se define como la unión en las alturas de dos edificios que surgen de la tierra y del agua respectivamente y cuya unión da lugar simultaneamente a un arco y una torre, dejando un espacio público bajo el edificio. Todavía no está aprobado definitivamente, pero el proyecto impresiona.

FUENTE: Creative Minds

 Nacional Geographic: http://ngenespanol.com

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Modificado el ( miércoles, 27 de agosto de 2008 )
 
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