Homilía de la Misa en la Festividad de Santa Rosa de Lima, martes 30 de Agosto, 2011. Templo de
Ntra. Señora del Carmen, Puebla, Pue.
Cuando hablamos de los santos, o de los “amigos fuertes de Dios”, como dice Teresa de Jesús, de quien hablamos es de Dios, que en nosotros toca el corazón y lo transforma, o lo ensancha, por mejor decir, de una manera nueva, de una manera inesperada.
Esta mujer, de una buena posición económica, en Lima, se retira al jardín de la casa paterna y ahí, dos actividades realiza: la contemplación y el trabajo con los más necesitados: a los indigentes, de alguna manera, los apoya.
Esto lo hace en el servicio y también en un nivel muy de la espiritualidad de la época, a través de penitencias muy concretas, muy marcadas. Esto lo hace desde Dios, pensando que es la mejor manera de agradar a Dios. Y, bueno, la santidad se encarna en una época peculiar, como una manera de responder, especial, según el tiempo y según la realidad de la persona.
Pero lo que no pasa y eso es constante, es lo que Dios hace en la persona: y es ensanchar el corazón. Y ensanchar el corazón es dos cosas:
Lo primero es una mirada con más poder. A veces si hay una enfermedad, vemos como con lagañitas, con menos calidad. Y pienso que la primera cualidad de los santos es que su mirada se hace como de rayos equis: empiezan a ver más allá de lo cotidiano. Y es por eso que en medio de un campo encuentran un tesoro y descubren también una perla.
Ni más ni menos que el tesoro del campo y esta perla son las actitudes del reino de Dios, que no es fácil descubrirlas siempre, porque yo digo que son mis derechos pasar primero por algún lado, y el santo decide que si deja pasar a los otros por amor a Dios está comprando éste terreno. Yo digo que la gente me debe de respetar y hablar con cariño, porque yo inclusive les hablo así, con mucho cariño, y sin embargo el santo descubre que, aún cuando no le tratan con ese cariño, él puede unirse al misterio de la pasión de Jesús. O sea que la mirada de rayos equis no tiene que ver con algo mágico, tiene que ver con la vida cotidiana y ahí es donde se descubre las actitudes del Reino de Dios. Y qué decir también de la justicia, de la solidaridad, del amor a los más necesitados, esto se empieza a ver con una mirada.
Entonces lo primero que hace es, pues, cambiar la mirada, hacerla más profunda.
Segundo, dice esta pequeña perícopa, ésta pequeña frase o trocito del evangelio, es que el Reino de los cielos causa alegría y que esta alegría es contagiosa.
Sigue diciendo Teresa de Jesús a través de sus escritos, y de nosotros sus hijos, que “un santo triste es un triste santo”, por lo tanto la alegría es un ingrediente del Reino de los cielos, y ésta alegría nos ayuda a cambiar, a vender cosas que tenemos. Yo me preguntaba ésta mañana “¿qué tengo yo que pueda vender para “comprar” el Reino de los cielos?”, ¿qué tienes tú para vender?, ¿qué sientes como tuyo que puedas vender?
Y yo descubría que hay cosas que puedo vender, que tienen que ver con actitudes que no me hacen bien. No son las cualidades porque ésas Dios las quiere y las bendice, y le “alegran”, por así decirlo. Pero hay cosas que no nos ayudan, que nos detienen, que también hay que vender.
¿Qué hay que dejar para poder optar por el Reino de los cielos?
La impaciencia, el temor: el temor que detiene, las dificultades en tus relaciones, el querer ser yo, el verme sólo a mí y empezar a ver a los demás ... Pienso que esas son algunas cosas que vende la persona. O sea, hay que dejar esto para optar por un nuevo campo y por una perla preciosa.
Y lo más desconcertante es que, después, los discípulos descubrirán que hay cosas buenas, pero que en éste momento ya no son tan buenas, ya no son tan necesarias, de hecho ya le estorban para optar por Dios. Ese ya es “curso de avanzados” en la fe, pero seguro que más de una persona aquí es de curso de avanzados en la fe, y ésto tiene que ver con cosas que considero buenas hasta cierto tiempo: maneras de orar, de acercarme a Dios, maneras de querer, de optar por los otros, maneras de ayudar a los otros para empezar a dejarlos que ellos crezcan… En fin, decía San Pablo, parafraseando esto, “todo es bueno cuando todo me conviene”.
¿Qué, pues, tengo que dejar, vender, regalar, para optar por una nueva manera de vida que es el reino de los cielos? Y con alegría lo asumo, con alegría descubro qué es lo que necesito para dar el siguiente paso.
Que el Señor te conceda la fuerza, la valentía, sobre todo: la alegría suficiente, el amor suficiente para dar este pasito que ya te sientes tú desde hace rato con ganas de dar, para ser más de Dios, para ensanchar tu corazón, que es la meta de tu felicidad, la meta de Dios, tu plenitud, tu santidad.
Así sea.