Los dÃas (im)productivos.
Culpa. Ese es el sentimiento que me asalta cada vez que vivo un dÃa “improductivo”, de esos en los que el alma se regocija y en los que uno no quiere que pase el tiempo, me llegan de pronto a la mente las palabras de mi abuelo que decÃa: “yo todo el tiempo estoy trabajando, siempre estoy pensando en mi negocio”… Confieso que desde hace unos tres años, cada fin de semana y en mis vacaciones, me desconecto de mi trabajo, vivo improductivamente y feliz. Sobre el consejo de mi abuelo he decidido seguir el consejo de “afilar la sierra”, como decÃa Lincoln, “si tengo tres horas para cortar un árbol, usaré una para afilar la sierra”.
A pesar de la culpa considero que gracias a que he decidido hacer mi vida parcialmente improductiva he podido crecer en otros sentidos que me hacen muy feliz: platico más con mi esposa, desayuno muy sabroso con mis hijos y los llevo a nadar, canto en el coro de la iglesia, cultivo un pequeño jardÃn, voy al cine con mi familia, hago más ejercicio… en esos dÃas me llevo la vida con calma, mucha calma, mis actividades son todas improductivas pero regocijantes.
Ya cuando estoy a punto de volver a empezar la semana, el domingo por la noche, me invade la culpa que me dejó mi educación y que promueve la vida moderna, pero tengo las pilas recargadas para enfrentar toda clase de situaciones productivas (no siempre agradables) en la semana. Termino con un verso que recuerdo mucho en estos dÃas: “Es tarde,/voy sin prisa por la vida…/ y mi risa es alegre,/aunque no niego que llevo prisa.”
Ãnimo, no se rindan (tambien se vale descansar).

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